miércoles, 16 de marzo de 2016

¿QUÉ SERÍA DEL MUNDO SIN COPIONES?

¿QUÉ SERÍA DEL MUNDO SIN COPIONES?


Comprendo que todo no puede ser unívoco y que hasta nuestro cuerpo necesita los contrastes de las cuatro estaciones para vivir. Y me figuro que más contrastes necesita el cerebro, pero contrastes de ideas coherentes, pedagógicas, racionales, no imbecilidades de caprichos metafóricos. Sólo descubrí que sus autores leen mucho dando vueltas sobre las mismas cuestiones con diferentes nombres y adjetivos, y que todos los escritores cuando realizan “su libro”, lo hacen rodeados de libros, diccionarios y recortes de periódicos amontonados en forma de parvas; dan abundantes cosechas de ideas ajenas que terminan en grano fino filtrado por el tamiz de los correctores de las editoriales. 

Parecería una pelotudez, pero para mi "Un libro es el resultado de muchos hombres diferentes y un hombre (ser humano) es el de sólo dos que se aman (al menos hipotéticamente). 

Son los literatos encorvados acopiadores del plagio que no agregan nada nuevo al conocimiento, exceptuando el mundo de la ciencia y la técnica o genios como Cervantes, Julio Verne y pocos más. Josep Fonalleras, ganador del premio Ciutat de Palma con la novela La millor guerra del món, dice: "No es aconsejable conocer  personalmente a los de la pluma. El mejor escritor es el escritor muerto. Para escribir esta novela, leí muchos libros de viaje” (¡por supuesto, no escritos por él!). Feliz o desafortunadamente, los intelectuales están cada vez más acorralados por una sociedad de analfabetos y simuladores de cultura. Según Borges: "No me jacto de lo que he escrito, sino de los libros que he leído". Según Isaac Asimov: “Una de las plagas de un escritor prolífico es la preocupación constante por el plagio, es decir, por la apropiación de las palabras de otra persona con la pretensión de que son propias”. No se concibe un literato sin boli para subrayar, anotar o puntualizar... en definitiva copiar. Así también es inimaginable un cafisio sin peine o un malevo sin cuchillo.  ¡¡¡Que lo reconozcan de una vez!!! y que nadie se rasgue las vestiduras: el plagio es connatural al hombre. Fragmentos y párrafos enteros lógico queden grabados en los que tensan una memoria pertinaz. No se puede evitar, salvo que jamás hayan leído o hablado con las demás personas. 

¡Hasta el amor, se repite constantemente por los siglos de los siglos! Para no decir que copian burdamente, declaran estar “influenciados" o "intertextualizados” por o con tal escritor, pero resulta que uno se entera tarde, como cualquier buen ignorante o cornudo, que en su mocedad Valle Inclán copió íntegramente una novela de Dostoievsk.

¡La literatura se alimenta de literatura y no de los animalejos del campo! La originalidad en estilo puro o virginal no existe. Ya antes de nacer, estamos recibiendo estímulos. Y por supuesto, más tarde, también: lo que leemos, percibimos, oímos, y lo que no oímos también, lo que se almacena en el subconciente, lo que soñamos, lo que nos dijeron hace treinta años y lo de ayer.

Yo tomé conciencia del plagio cuando empecé como charlista deportivo en la radio, pues nunca fui periodista. Y cómo no, en el periodismo deportivo, como todo, está saturado de plagios. Yo leía, memorizaba y copiaba todo lo que decía o escribía Dante Panzeri (Un autodidacta). Allá por los finales de los ´60 tuve como compañero de transmisiones de fútbol a Ernesto Cherquis Bialo, entonces director de “El Gráfico” y actual vocero de la AFA. En Córdoba causó sensación por sus frases y latiguillos que calaron hondo en la sensibilidad popular. “¡¡¡¡Esa pelota pedía red!!!!” era su rúbrica a una jugada de gol. La frase original fue de un famoso relator uruguayo llamado Eber Pinto.

El Maestro Fioravanti solía decir refiriéndose a la multitud de las canchas “el monstruo de las mil cabezas”, figura literaria que está en la Biblia y utilizó Cicerón. Años más tarde, Jorge Valdano, con un criterio más  matemático le agregó un cero, cuando dijo “el monstruo de las cien mil cabezas”(será por la inflación?). 

Así pues, desde el momento en el que un espermatozoide se juntó con un óvulo, ya no se inventó nada nuevo... ¿no? 

Con todo hay que estar contento, somos unos privilegiados, ¡Qué suerte hemos tenido! Fíjense si somos afortunados que de los millones de espermatozoides que son catapultados en el chubasco uretral del espasmo eyaculatorio (de 50 a 500.000.000 se depositan en la vagina) solo uno accede a atravesar la membrana del óvulo y "planta la semilla", luego de haber recorrido el largo camino de Santiago... ¡Qué prodigio! Así que conformense con la gran hazaña de vivir y no vayan copiando a los demás para darselas de intelectual. 






lunes, 14 de marzo de 2016

LA VUELTA AL PERRO DE RÍO CUARTO

LA VUELTA AL PERRO DE RÍO CUARTO


Después de la función familiar de los domingos en el cine Gran Sud venía la "vuelta al perro" en la plaza. Ésa era ya la realidad, mechada con ilusiones sí, pero realidad donde cada uno debe hacerse "realizador" y artífice de su propia película. Para andar por la vida hay que adoptar mil caretas y tinturas, ser actor y a veces acomodador, o estar sentado en el gallinero como los demás, de espectador viendo hacer la película. 

En la "vuelta al perro" de la plaza jugábamos al amor, ese amor de insinuaciones, de mentirita, entre hileras de adolescentes que iban y venían en medio de un melodioso murmullo que se mezclaba con el de las aves. Nunca se pudo comprobar si era verdad aquel gesto de arrobamiento, tal vez lo copiaban de Audrey Hepburn. Lo que sí, ¡cómo pataconeaban! Ellas parecían haber inventado aquello de que "el movimiento se demuestra andando". Fueron heroínas del amor pedestre, un movimiento repetido de orden preestablecido, con sensación de engranaje perfecto, hecho comparsa y vaivén, con flujo y reflujo de marea. Visto de arriba de la catedral, quizá lo hubiéramos asociado con la perfección de las hormigas en sus traslaciones, pero amaestradas por Eros, o algún designio maquinal absolutamente inservible.

Todavía debe andar dando vueltas el alma de la Turca Estrella, con su nariz borbónica y melenita a la garçon, en un legendario circuito de quimeras, tristes sus ojos exoftálmicos, tristes también las obras de amor que muchos mocosos "pretendían" escribir encima de ella. 

Cuando el reloj de la catedral con su pupila de nácar nos marcaba las nueve de la noche, ya la Turca se había vuelto etérea o quizás demasiado hembra. Por eso se la respetó siempre, como a una esfinge de blanca piel (que era nuestro color erótico) y negras medias (nuestro color porno); ahora se prefieren las tostadas y sin medias. Lo más probable es que fueran fabulaciones y la Turca, después de cogerse a todos los muchachos (y eso debe dar mucho hambre), terminaría comiéndose sola una pizza en Las Cuartetas, que estaba frente a la policía, o en Schiaffino, allí cerquita de su casa y la catedral, delante mismo de la plaza.

Las otras chicas, en perfumada noria, seguían girando y girando... La Nenecha Curchod y su eterno aspecto de poupée manejaba un vaivén juguetonamente sexi demostrando que el sex appel no radica en ser alta ni delgada sino en el gracejo, ¡¡más que Nenecha... estaba bien hecha!!. Cuando la vi por primera vez comprobé la naturaleza divina de las cosas, como decía el Padre Juan. Para ponerla en un altar, sin tocarla. 
 
Era un merengue con crema chantilly 
que se saboreaba sólo a través de los ojos, 
con un vestido color té 
y un pañuelito como un toque de sueño. 

Algunas tardes llevaba boina azul, 
que la convertía en una silueta de la Saint Michelle 
pintada por Monet. 

Pensé que nunca había besado 
porque nadie se lo merecía, 
o que daba besos de azúcar impalpable. 
Así debió ser Isis, 
la Diosa de la fertilidad, la fortuna, la felicidad, 
la magia blanca que nos dió la suerte de verla
sin pagar un mango. 

Me transporté y eché a volar... 
Pasó sonriendo coqueta y me pareció que insinuaba:
 “Ya sé que te estás muriendo por mí. Seguime, Negro bandido. ¿A que no te animás?”. 
Acto seguido, la imaginé tomándome de la mano 
y llevándome lejos, después de cruzar la plaza del Palacio Municipal; 
nos perdíamos sin decir nada, 
por una callecita atrás del Colegio Industrial. 
Estaba por caer el sol. 

Yo temblaba como un cervatillo cuando detuvo sus pasos
 y se puso de espaldas a la pared, 
justo debajo de una planta de palán-palán, 
pisando las uvitas del campo que crecían en la vereda. 

La boca entreabierta, oferente, 
con cuatro puntitos de nieve debajo del labio superior, 
los ojos fundidos en caramelo marrón con una chispita de luz en la pupila... 
Y cuando iba a suceder, 
ya con los ojos entrecerrados... 
de un chirlazo en la nuca, 
el loco François me puso otra vez en la realidad, 
es decir, lejos de ella... 

Precisamente por eso, en el recuerdo la llevo muy cerquita mío. Yo la amaba con admiración, como un jugete imposible, ella nunca lo supo. Hubiera sido muy vulgar intentar el beso, pues casi todos lo hacen inclinando la cabeza hacia la derecha. Muchos años más tarde, treinta más o menos, al dar vueltas uno a la vida y empezar a leerla por la última página, me conoció. Supo que yo existía... muy tarde ya...

En orden decreciente, la Bucha Rabino, la Zulemita Díaz, la Petisa Marich... Y tantas minas en medio de un desfiladero de ojos masculinos expectantes. Ojos de mujer que rehuían (¡derrota!); otros fingían rehuir (¡hálito de esperanza!); otros por compasión se clavaban en un batir de pestañas, como diciendo: "¡Pobre Negro!". Ésas caminaban erguidas, como lejanas, sin “entregarse” nunca a  los sabrosos sueños que ellas inspiraban a los de cenas magras del suburbio.

Si la mujer amada nos rechazaba, hacíamos un poema al onanismo. Eso es cierto: éramos señores pajeros los de mi época, que se ganaron a pulso el derecho a una sacudida de verdad;  decían que era por comer mucho maní o pururú, que te servían en cucuruchos de ese papel gris opaco, el mismo en que los almaceneros te envolvían el salame o el dulce de membrillo. Algo de razón había, pues el maní y el maíz poseen vitamina E, que combate el agotamiento, trastornos neuromusculares y la esterilidad, aunque te juntara afrecho según era común oír. La materia prima más solicitada por todos los adictos a las “manualidades” eran la revista Antena y La Dinamita. Ya de mayor, fui consecuente: me gané el dinero con mis manos, trabajando de dentista.


Había que tener muy agudos los sentidos para diferenciar las gamas de miradas. El "chau" casi inaudible era el triunfo seguro. Fui bastante precoz para auscultar los sutiles hilos de la sensibilidad femenina (tan adelantado que a los 30 años ya tenía vejez prematura y contradictoriamente, ahora que soy septuagenario estoy hecho un bebé: me meo encima, me cago y se me caen las babas) y para notar que las putas tienen una aura lechosa con fuertes emanaciones vulvares que te recuerdan la débil frontera entre el hedonismo y el hediondismo.

Las chicas giraban en un sentido, los muchachos en el opuesto, en hileras de dos y hasta cinco. Entraban y salían con mayor sincronización que en los molinetes de los subtes, pero con todos los vaivenes imprevistos y lúdicos, racionales y calculados con emociones y jeroglíficos. Eran como pensamientos que juegan a las escondidas entre ojillos que mienten y verdades que quieren dibujarse en los labios. Algunos no caminaban tanto para no gastar los zapatos; el presupuesto no daba para dos pares.

Sobre todo era un ensayo básico del instinto para seducir (que no "instinto básico", que es otra cosa). Era también deshojar la margarita (un pétalo en cada vuelta). Nos hicimos expertos en interpretar códigos de gestos y coqueterías, colores y coloretes; si era un rubor de mejilla emocionada o toques de Elisabeth Arden, o piel blanca de frío o indiferencia, o con leve tinte de enojo o turbación que les hacía virar el blanco lívido de la epidermis hacia el rojo carmesí. Todos jugábamos a Casanova cuando nos parábamos en las esquinas o los laterales de la plaza, para calificar y clasificar ese caudaloso río estrogénico; generalmente con mano en el bolsillo, sobándose el pelo, simulando que estás tratando un tema importante con el de al lado, para disfrazar nuestra puerilidad. 

Ya más directo era el cabeceo, la guiñada, mirar de súbito con retiro fantasmal (esto último era estratégico del que estaba seguro le podía acompañar), y el sí tácito de la chiquilla que se dejaba entrever con un mohín o un leve asentimiento de cabeza, que te decía que sí, que en la próxima se iba contigo, en medio de un asedio de "mirones". Aún siento las voces de énfasis admirativo: "¡Qué tetas!". ¡"Qué culo! Seguro que no lo hizo fregando escaleras". "Dejame a mí la del medio y vos levantate a la gorda, que son amigas y se van juntas". “¡Mirá! Ahí va la colorada que vive detrás de las vías yendo para el Alberdi. ¡Ligera como todas las coloradas!”. 

¿Y la envidia de las mujeres cuando uno les lanza un piropo o un requiebro? ¡Siempre salta la más fea reaccionando como si la intentaran violar! Todas las mujeres son ligeras, salvo las feas, porque no pueden; son castas, a pesar de ellas. O la más empalagada, orgullosa, reprimiendo su carcajeo, con sonrojos virginales… Otra con caderas bamboleantes que acicatean a algún guarango de ademanes pornos… O una con el seno levantado, poniendo todo el énfasis en la intención, pues sabe que los tiene chiquitos… Y se encoge la que tiene mucho… Pícaras colegialas de aire suelto… Las ninfómanas respondonas eran super valoradas por la inexistencia del virus.

A veces una imagen se contoneaba fantástica y grácil con sencillito vestido de campesina, todo el trigo ondulando en el pelo... una Ceres fantasmagórica tan fugaz como lo que dura un colibrí en la retina de un miope. La vimos pocas veces; tal vez cruzó rápido la plaza en diagonal, o dio una sola vuelta, o atravesaría fulgurante el crepúsculo a la hora en que las golondrinas teñían de azul noche los árboles de la plaza ¿De donde vino? De Moldes, Ucacha o Sampacho. La vimos pocas veces o soñamos tal vez que la vimos... 

Era infaltable en domingo algún gringo de la zona (que podía ser de Vertientes o Achiras) como un tieso espantapájaros o más bien un pajarraco con pretensiones de Adonis: traje marrón apretado, pantalón un poco más arriba que delataba las medias blancas y una de las puntas de los cuellos de la camisa doblada, corbata de colorinche y cara colorada como tomate de oferta. Pasaba almibarado el gringo con una morochona gorda de ésas de "cama adentro". No eran modernos para conocerse "mejor". Ella a las diez estaba obligada a volver a casa de los patrones; se iba el gringo pálido, anémico, pues toda la sangre se le había acumulado en la pija. Es de pensar qué habrá sido de la leche; con el transcurrir de los meses, imagínate, se transformaría en requesón y parmesano. 

Así era antes: llegaba la hora... y a casa. En la actualidad, las mujeres llevan condones en la cartera mezclados con el encendedor, tampón, lápiz de labios, espejito y una libretita con teléfonos de posibles cabalgantes, en la actualidad le han agregado el infaltable teléfono móvil, imprescindible para las minas ligeras. 

Para muchos del campo, la Plaza General Roca era como la calle Florida, pero girando en heterogénea composición. Tanto se codeaba Caperucita con Joan Collins, la fruncida con la exhibicionista o podía pasar Pinocho charlando con Alan Lad de mentirosas y arriesgadas conquistas.

Río Cuarto es una de las ciudades donde más cruda se hace la discriminación socio-económica y hasta diría que son "enfermos del status". Así había muchachos que por más que una chica los mironeara se iban con el que tenía coche, que encima no era de él sino del padre, profesional o pequeño y mediano empresario de la gastronomía, tienda, carnicería, ferretería, almacén, etc. daba lo mismo, la cuestión era que si las "burguesitas del imperio" detectaban que no eras de alguna familia solvente... ¡TE DECRETABAN SORETE! 

A veces, uno quedaba en juntarse luego de la seña afirmativa de la mina, en la esquina o mejor en la semipenumbra de la mitad de la cuadra, al menos para pasear el uno junto al otro o hacer promesas que, aunque nunca se cumplan, son preferibles a las de los políticos. ¡Me quedé esperando tantas veces! Tan boludo era que no me di cuenta que para que las chicas fueran detrás de mí sólo tenía que caminar delante de ellas. 

No faltaba el hijo de fulano de tal, que te las levantaba con un bocinazo del auto, como diciendo: "¡Aquí estoy yo!". Ellas se subían al coche en tus mismas narices. Yo me quedaba con mi pequeño bolsito con medias de fútbol, pantaloncito y toalla, pues ni botines tenía (y eso que ya jugaba en la 4ª división de Estudiantes). Y una vez que me miraba la facha de croto en la vidriera de Casa Norton, pensaba: "¡Qué poca cosa eres Negrito! ¡Ya vendrán tiempos mejores!". Se me puso en la cabeza que si el dinero fuera mierda, los pobres nacerían sin culo. Ahí dejé de creer en uno de los pilares de la democracia: la igualdad. 

 

Ahora tengo muchas cosas que me faltaron en esa época de chicarrón (un bolsito de fútbol no era igual a un coche; era, en mi caso, como salir a cazar sin escopeta). Pero ya no me sirven las muchas cosas. Es como dijo una vez el boxeador Bonavena: "La experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedas calvo". No me sirven ni la experiencia ni el dinero, puesto que lo que tenía ya no lo tengo y lo que tengo ya no me sirve porque me falta lo que tenía.  Y hablando de faltar, ya no existe más "la vuelta del perro", como muchas otras cosas se la llevó el tiempo... La plaza hoy es una cuadratura sin estirpe, un rectángulo sin alma.

De derecha a izquierda: Rodolfo Jager, Eduardo Carcur (el jugador más hábil que vi en mi vida), José F. Rodríguez, Loco Caramutti y yo en la plaza de General Roca.
 

jueves, 10 de marzo de 2016

HOLMBERG

HOLMBERG


Siendo un niño, cuando tenía unos siete años, los fines de semana los pasaba en el pueblo de Holmberg, donde iba a visitar a mi abuela.

A menudo la recuerdo en su campo. En esas noches que somplaba impío el pampero con su ulular rabioso, cual marabunta del aire que quería invadirnos por los intersticios y goznes estrechos de puertas y ventanas. Un gran brasero junto a ella y yo en su falda, frotándonos las manos, cerrando luego un puño y arrimándolo a la boca le echábamos nuestro aliento calentito, como si de vapor se tratara. Era cual una calefacción individual para evitar los sabañoñes. Ella tejía en silencio bajo la luz de la lámpara de kerosene, y conformábase un icono de lana y carbón de acabado misticismo bucólico. La lumbre de las brasas pintaba la sombra de mi abuela que se proyectaba contra la pared en gigantesco mural, transfigurando su silueta pequeñita y sublime en monstruosa reverberación. La magia incandescente del carbón hacía grabados de cobre y púrpura fantoche en nuestros rostros convertidos en máscaras. En el costurero de mi abuela guardaba carreteles de hilo Cadena y la barrita de azufre, que al crepitar curaba la tortícolis. También, con oraciones, curaba al ganado de diferentes enfermedades.

Holmberg, o Santa Catalina, donde los domingos no se olvida el laurel en la cocina y a los empachos aún los curan con la cinta de las modistas. Sigue siendo una planicie de calles anchas... muy anchas... donde las gentes plantan sus vidas cual si plantaran un árbol o un horno de pan al fondo del patio cerca del gallinero. Pueblo abierto y llano como la palma de una mano abierta. No tiene accidentes geográficos, ni una colina, ni una montaña. Siempre destacan los fardos de alfalfa y los acopios de maíz. En las afueras yendo hacia el cementerio, donde está mi madre, hay un olor a bosta de vaca embriagador, dulce, como el olor a leche de bebé que acaba de ser amamantado. Sólo con elevar un poquito la mano y en puntitas de pie, se tocan las estrellas, porque todo ese cielo está lleno de ellas. Pareciera que sus habitantes andan entre ellas. Pero no todos las pueden tocar, hay que ser digno para ello, haber acariciado una ubre o sembrado un zurco o recogido una cosecha y haberse bañado en el arroyo. 

Allí no se sabe si el campo entra al pueblo o es el pueblo que se va al campo. Una vastedad que gime su angustia solitaria de trigo ausente perlado al amanecer por refulgentes gotitas de las fuertes heladas y chocos[1] que ladran con lamento de coyote y bordeados sus caminos aledaños por montículos de pequeños arbustos, cañadas y cañadones, chañares, aguaditas, lagunitas, y (lo que más recuerdo) cuando solía ir en sulky[2] con mi abuela del campo al pueblo. Los costados de los mismos estaban cribados por covachas de peludos[3]. Es que Holmberg es como el mar: una línea en el horizonte quebrada por el chirriar de las ruedas de algún carro. No hay peldaños que subir, ni menos ascensores, salvo las escaleras de pintores de brocha gorda y albañiles.

En Holmberg nadie levanta admiración, sólo el polvo se levanta cuando pasa un coche, haciendo segregar adrenalina al blanco impoluto de la ropa tendida. El polvo que cubre todo, hasta los sueños de la gente quieta y buena. Por su quietud y mansedumbre cualquiera diría que es un pueblo de pensadores, escritores, artistas y filósofos, todos entregados a la meditación. No habrá escritores, pero hay plumas de lustre, pues Holmberg tiene una enorme cantidad de gallineros por metro cuadrado. Lo más triste es que jamás concí a un poeta... pero el pueblo invita a redescubrir el olor de los churrascos. Para mi, no hay mejores que los de allí. Vuelvo a leer mi niñez de pueblo en los ojos de mis tíos Laura, Luisa, Lorenza, Claro (así es su alma, igual que su nombre. La persona más noble y buena que conocí en mi vida. Y no es exageración)... Pero no es un pueblo de tontos. Saben que hay algo más necesario para que les echen una mano: las manos de la maestra de la escuela y las del médico, el Dr. Novello. Manos más necesarias para las gentes que las del pintor o las del filósofo.En Holmberg no existen espásticos ni apopléjicos; allí tienen "paralí", les operan del "pendi", las ingles son las “verijas”, el pus es femenino, y tienen "espesa" la sangre; no se animan a decir preñada, sino "está gruesa", y no les vino la regla: están "indispuestas". 

Algunos hombres del pueblo todavía se “encajetan”. El encajetamiento vendría a ser una especie de "encoñamiento" (como se dice en España) o "metejón", pero con brebaje de jugo de calzón usado puesto en el mate (no trato de hacer un chiste grosero, es la realidad que decían las señoras de los pueblo), lo cual produce la sensación única de saberse felizmente embrujado por una mujer. Creo que esa milagrosa pócima es el verdadero elixir de amor, con perdón de la ópera de Donizetti. 
Pueblo de caserío yermo, de hombres curtidos, con calles anchas que terminan en ángulo de 90º, con aspecto de película del Far-West por los espinillos rodando en el guadal del mes de agosto, porque ¡qué vientos los de Holmberg! ¡Te hacían avanzar perfilado como sacados de un jeroglífico egipcio! Quizás si Margareth Mitchell hubiera nacido allí, su novela se titularía “Lo que el viento se dejó”. Aunque en una ocasión tan fuerte fue el viento que hizo volar el pueblo entero, porque pertenece a un país sin raíces; como una lonja terrosa revestida de cardos y envuelta en verde, cual delgada pelambre riscosa, lo trasladó hasta otra población, algunos se salvaron de la catastrofe, como por ejemplo el compadre Machado que siempre andaba paraguas en mano. Aquella tarde del siniestro alzó vuelo con un lechón bajo el brazo y como eran las primeras rachas de viento aterrizó en Vertientes sólo con las varillas, pues la tela se hizo un colgajo. Dos temores quedaron grabados en los paisanos: al viento y al progreso. Al punto tal que allá por el ’30 a un tipo de Holmberg se le ocurrió hacer un curso de piloto civil. Mi tio Lorenzo le dijo que no es bueno tanto avance del mundo y que la gente anda demasiado de prisa “mire m’hijo, vuele bajo y despacito”. Así fue como el joven aviador se hizo mierda por seguir sus consejos. Creo que Holmberg jamás fue descubierto, ni por Colón, ni por Santa Catalina, ni Santos Vega. 

Por más excavaciones que hicieran los arqueólogos sería imposible el análisis estratigráfico. El único dato importante podrían ser las botellas dejadas por los curdas en el subsuelo inmediato, llaga reciente sin ánforas, hachas, ni utensilios de labranza. Más espectaculares son los relámpagos; pareciera que Dios estuviera sacándoles fotos.

En los atardeceres de verano, en la avenida principal, había olor a tierra mojada cuando pasaba el regador y en los bares nadie dejaba de saborear un Vermouth Cinzano, con soda, cortado con un dedito de Fernet Branca, batería generalmente compuesta de aceitunas, palitos fritos, píckles y pan.... mucho pan, nunca lo dejes sin pan al argentino. No se precisamente si aún se estila el mismo sistema de riego en las calles. Por lo de la época en que vivimos es fácil de explicar porqué ha disminuido la cantidad de personas (hombres casi en exclusiva) que se sientan a la puerta de los boliches con 2 o 3 sillas de hierro oxidado, con pinturas destartaladas y carteles de chapa apoyados contra la pared. En realidad no son bares perdurables, a veces son familias en paro que los improvisan para subsistir. 
- La oferta por exceléncia es más o menos esta:  
Milanesa napolitana, minutas, sandwiches de miga, lomito, superlomito, empanadas, canelones de carne y verdura...  
 
En cuanto al mejor supermercado sigue siendo el almacén de ramos generales, donde los huevos tienen grabados en su cáscara la paja y los excrementos del gallinero y poseen por ende todavía sabor y olor a gallinero y no a plástico de envase. 

Un día al progreso (que  siempre pasa raudo por la ruta 8 junto al viento y los camiones en interminable caravana) se sintió tan cómodo que pidió un bastón y se quedó sentado para siempre en la puerta de la casa de mi tío Lorenzo. Con todo, paradojalmente el pueblo tiene la materia prima incontaminada para volver a las bases de la sabiduría greco-romana: ignorancia del “progreso”; que no es otra cosa que un carrera loca al espacio, a la política armamentística, depredación industrial del equilibrio ecológico, enajenación moral del hombre... Y para evitar eso, se necesita todo lo que tiene Holmberg... Silencio para la reflexión, detenerse en el quietismo o seguir hasta el derrumbe. 

Aaah! Holmberg era era un pueblo donde no había delincuencia organizada y las actuaciones policiales (de un solo cana) se limitaban a encerrar por una noche a los ebrios y hacer la ronda de los que jugaban al pase inglés en lugares recónditos, hasta incluso sugerir a los timberos: ¡No hagan mucho bochinche, que se va a enterar el juez de paz!. (El tío Peca, mi padrino, ya fallecido, organizaba timbas. Y era un poco pesadilla de la autoridad). Y los pocos casos de cuatrerismo los llevaba la policía de Río Cuarto.

Imaginad si tiene historia el pueblo de Holmberg, que cuenta hasta con curanderos, como el viejo Criado. Este vendía verduras al lado de la casa de mi tío Fafa, sobre todo, ajos para exorcizar demonios, extirpar “daños”, curar el mal de ojo, cataratas, ojerizas y las corneas de los cornudos con "escupida de mate de leche", las paperas con irrigaciones de agua de guindilla y el mal de los nervios con peperina macerada en musgo, además de otros oficios rústicos de aldeano vidente (ya que sólo contaba con dos dientes) y aires de santidad en el rostro (por la dispepsia alcohólica acumulada en los párpados). ¡Un oráculo de fantaciencia, de hablar apaisanado con toques puntanos-sampacheros! Las arrugas formaban deltas en la cola de las cejas, que iban a desembocar en el lago seco de dos ojos apagados, mansos… ¡Hasta daban ganas de pedirle perdón por pecados inexistentes! Era un anciano de monolítica salud, que como todo hombre de pueblo o de campo no sólo no padecía el ritmo agotador de las ciudades, sino que generalmente se curaba por si mismo, ya que por fortuna no estaba en la mira de los médicos. Está comprobado que sólo distraen al paciente en tanto la naturaleza lo va curando. 

Don Criado fue un precursor de la quiroterapia, la alternativa a la medicina tradicional. Era un sanador que además curaba de “palabras” o con invocaciones religiosas o yuyos. Y ejercía la telemedicina con una prenda usada del enfermo, pero sólo en caso de enfermedades causadas por mutaciones de priones. ¡Y curaba de verdad!, por sugestión de palabras o autoconvencimiento, igual que los psicoterapeutas (con la diferencia de que estos no curan a nadie). En el dorso de sus manos vencidas se dibujaba una pronunciada red de azules nervaduras venosas, a través de una finísima y cerúlea capa de melanina, suave y fría como la piel de un batracio, en tanto sus palmas se revelaban ásperas y callosas por el trabajo en la huerta. Dedos toscos, rematados con uñas negras por las bolsas de carbón que vendía y la tierra de la piel de las patatas que recogía. Era impactante observarlo, que desafío para un virtuoso anatomista como Don Pedro Ara embalsamarlo con todos sus rasgos. El olor a ruda macho y a velas era perenne, pues su habitáculo no tenía ventilación al estar la ventanita permanentemente cerrada. 

Teniendo siete años, le visité a causa de mis paperas. Pensé: “¡de irrigaciones, nada!”. Antes de ponerme en sus manos, mi abuela le preguntó si era necesaria la visita al pediatra y le contestó Don Criado: “¡No hay perjuicio, ni falta que li hace a este gurí!”. Dirigió su mirada hacia mi y añadió: “Ni indición, ni doctor, ni nada. Pierda cuidado, m’hijo. Ya se pondrá güeno”. Yo le observaba estupefacto. Como los médicos de familia, sabía de todo un poco y mucho de nada. Con el auxilio de las moscas me hizo sentar y colocar el brazo en una desvencijada mesa, en tanto me dijo: “Quédese ahí un rato, quietito”, mientras retiraba la pava del mate, a la cual le tamborileaba la tapa por el hervor en medio de un rescoldo de brasas olvidadas. Se inclinó como buen viejo “bichoco” hasta la frontera señalada por su artrosis. Luego cerró la puerta, no sin antes darle un patadón a un escuerzo que se había metido en la habitación (quizá pensó el bicho que era continuación del patio, porque el piso era de tierra). Tomó mi antebrazo con su mano derecha, descerrajó en él salivazos compulsivos y presionando hizo patinar su pulgar hacia arriba y abajo, en sentido longitudinal, aprovechando la untuosidad de la saliva mezclada con el mate de leche. Yo no entendía nada… Mientras me curaba, repetía oraciones ininteligibles. ¡Viejo fuerte, don Criado, criollo de ley!; salvo una ligera paraplejia, una catarata bien visible en su ojo derecho como la perla de una canica, y un cáncer de próstata que él destruía mentalmente con técnicas de relajación. No tenía ninguna enfermedad o defecto. Disimulaba todo eso con mucho temple. De repente, musitó como en una cuenta regresiva: “Cinco, cuatro, tres, dos...”. Echó los ojos hacia atrás, el párpado inferior rebasó el nivel de la pupila y se escabulló vaya a saber por dónde, sin dejar de restregarme el antebrazo. ¡Zorro, el viejo! Sabedor por oficio de metafísica y embrujamientos y de lo efímero e intranscendente que somos. De golpe, desaparecieron mis paperas sin que yo lo advirtiera, ni yo ni nadie, puesto que el perro, que podía testificar lo que cuento ante cualquier duda, salió cuando el viejo me hizo pasar. Con ese súbito poder para evaporarse se corporizó, creo por primera vez, el realismo mágico de los narradores latinoamericanos. 

Andando el tiempo en Holmberg, el agua con flúor les solucionó el aspecto de sus dientes veteados, ese estigma parduzco que les obligaba a una seriedad forzada y a perder una de las conquistas más cualificadas del ser humano, la de sonreír sin complejos. En cualquier parte del mundo nadie es más arrogante e intolerante que un necio con dinero. Pero en Holmberg, ¡cuidado con la vanidad de un rico! Es muy desagradable, ridículo, espantosamente ostentador; te puede masacrar arrojándote de una vez todas las vacas que posee y se paseará orondo en un coche de lujo en torno a la desértica plaza, donde no hay ni lagartijas para que lo envidien en esas siestas donde el aburrimiento más atroz les dicta el circuito.


Algo que no olvidaré son los casamientos del lado de Sampacho o Las Vertientes; la gran comilona en un galpón a base fundamentalmente de cerdo; los críos dormidos hacinados en las camas en medio de los abrigos de los invitados... Cierta vez escuché una conversación de dos gringos (italianos) ya medio curdelas en plena confidencia:
-"¿Sabes que la Mirta, la hica del Giacomo la que studia en Córdoba coque?".
-"¿Qué?"
-"¡Qué Coque, le moeven lo guiso!"
-"E mi hica sta con la Mirta, viven quntas. Entonce mi hica Coque colpa de la hica de puta de la Mirta".

Es que Moldes, Sampacho, Vertientes y en menor medida Holmberg ("Olber", como dicen los de allí) son como un gran patio de vecindad. En las calles espaciosas la gente tiende a compensar eso con mayor comunicación; el callejeo acerca, pero se exacerba la relación amor-odio. Los odios en los pueblos pueden significar que a una persona, la misma que ves todos los días, no la veas en tres meses o tal vez nunca más; o alguien seguro que llegará al estoicismo desvelándose si estás enfermo, no sin antes darse dos o tres vueltas a eso de media mañana para actualizarse de las últimas habladurías, donde alguien puede matar a un vecino con la lengua hasta de ocho maneras diferentes en el cadalso del chismorreo, sobre todo si se trata de alguna mujer que cometa el “delito” de hacer lo que se le antoja. Saben los otros, y meticulosamente, más de nuestra intimidad que lo que intuimos de nosotros mismos; no saben nada con certeza, se autoengañan, que es un modo de superar realidades que les aplastarían. Un secreto tiene más rapidez de difusión que un noticiero de la CNN.
En las ciudades grandes nos apretujamos y, sin embargo, cuesta más el hecho de intercambiar saludos y dirigirse palabras. Hay como una resistencia a romper el hielo, hasta en el ascensor: "Calor, ¿no?", "¡Uf! Han dicho que lloverá"; y de ahí no pasa. El enjambre incomunica, la vastedad acerca. "Se me rompió un grifo, Óscar"; y Óscar irá y se cobrará con unos mates... Hay sentido y sentimiento de perpetuidad donde no se rompen las relaciones de los vivos con los muertos, como en la urbe. En los últimos años, he pensado muchas veces en dejar Barcelona para instalarme en Holmberg, aunque a la hora de la siesta tenga que tomar vino brindando con un lagarto. ¿Por qué? … Pues porque en las grandes ciudades la gente sonríe si le pagas y se vive apretado en pisos como palomares. Extraño una abeja zumbona, una clueca que rezonga, el brillo chispeante de pesebre y manantial de las luciérnagas, que tienen más magia que el zapato brillante de Fred Astaire. No quiero más olor a metro, ni ver magazines, ni Hacienda que me saque el dinero (en Holmberg, Hacienda son las vacas), que por eso hay pocos ricos y muchos pobres y los ricos en Holmberg no salen en revistas ni en la tele, ergo no dan tanta bronca. Y seguro tendré más líbido sin asquerosas revistas de sexo destacándose en los quioscos. Como no tiene aeropuerto internacional, me libraría de ver manadas de “cosmopolitas boludos” apretujados, que encima viajan con críos de 4 o 5 años y con enormes valijones, que luego del viaje sólo se acordaran de dos palabras odiosas: baucher y transfer, dos papelitos insignificantes que sirven para morfar, moverte y apolillar. En Holmberg circulan más habladurías que coches; las habladurías no producen smog. Eso sí, tienes la ventaja de que si vas en auto es muy difícil que te pierdas en las veinte manzanas que hay a cada lado del boulevard de entrada. Así, andes el tiempo que quieras y por dónde se te antoje. 

Pero Holmberg no se colorea con la primavera; siempre me pareció del mismo color ocre. Y que la gente come, duerme y muere; se carga el ansia con el rumor de camiones y ómnibus que cruzan a Mendoza o Buenos Aires. Por el puente de entrada al pueblo, tan estrecho, se escurren los vehículos. Por ahí pasa el arroyo Santa Catalina y abundan las ranas. ¿A nadie se le ocurrió montar un restaurante especializado en ancas de rana al tomate, a la provenzal o a la plancha? Les tiro la idea, por si alguien quiere romper una lanza a favor de la empresa privada... o seguir en la pasividad y la esclerosis de la dependencia estatal. No se rían que capaz, algún caradura de la política les diga algún día algo parecido, o proyecten invertir la lluvia, fabriquen herraduras para patas de pollo, copas para zurdos, bozales para mosquitos, hagan censos de langostas, salas de urgencias para hipocondríacos, o anuncien la licitación para construir un puente, no para cruzar el río sino a lo largo del mismo, que no tendría nada de inusual, pues somos maestros en alzar fabulosos puentes por encima de nuestra realidad. 

Ya sabemos que para los argentinos la historia es la des-memoria del pueblo. Una de nuestras mayores desgracias es no ser del Primer Mundo, atribuible a que somos el país más austral del planeta, lo que significa que estamos en el culo del mismo. ¡Giremos el mapa y seremos América del Norte! Maestro en invertir sin inversiones es el expresidente, el cotur Carlitos Méndez a quien han apodado Hood Robin por robar a los pobres para dar a los ricos.

 
[1] Perros.

[2] Carromato.


[3] Mulita.