martes, 5 de junio de 2018

NO APRENDEMOS MÁS...



NO APRENDEMOS MÁS...

No aprendemos más... La humildad es una virtud que va con la persona y la educación que la misma recibe...

A nuestros paisanos les viene muy bien el aforismo aquel: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. No se han dado cuenta aún de que la riqueza se forja en el yunque de la humildad que les convierte en eruditos de supervivencia; puesto que siempre estamos en la cornisa de la miseria como país...

De nada nos sirven ejemplos variados como:
-      Albert Einstein, que en  febrero de 1923, fue a Barcelona para impartir conferencias sobre la relatividad y el ayuntamiento condal le reservó una suite en el Ritz; sin embargo, prefirió hospedarse en el modesto hotel “Les Quatre Nacions”, y regañó al concejal de Cultura de entonces: “Soy un ciudadano humilde y he tomado la habitación que corresponde a mi categoría. Ya era primera figura entre los hombres de ciencia.
-      La fastuosa clínica Mayo de Estados Unidos comenzó siendo un consultorio de médico rural y médico rural también fue René Favaloro antes de montar su institución cardiológica en Buenos Aires (El disparo con el que terminó su vida, aún resuena en la conciencia de los argentinos).
-      La empresa de la industria automotriz Henry Ford que se inició como un modesto garaje (a su hermano Roque le fue mejor con los quesos).
-      Aristóteles Onassis vendía ballenitas[1] (es un decir) en el puerto de Buenos Aires antes de convertirse en magnate naviero.
-      Bernie Ecclestone vendía pan caliente y motos usadas; con el tiempo pasó a ser el dueño absoluto de la F-1 automovilística y fue una de las mayores fortunas de Gran Bretaña.
-      Racing, que nació de la fusión de los clubes Colorados del Sur y Barracas del Sur, debe su nombre porque descubrieron en un diario francés que existía un equipo parisino con ese nombre, y lo adoptaron porque sonaba bien, era bello.

Andando en la historia, Juan José Pizzuti, entrenador de este famoso equipo del Racing de Avellaneda (el recordado equipo de José), campeón del mundo intercontinental de clubes en el 67, metió en la cabeza de sus jugadores un año antes de lograr la copa: “Muchachos, ¡no hay un mango! ¡O nos salvamos, o nos vamos todos a la mierda!”. El amor propio, el pundonor herido es lo que te carga de sabiduría. A Demóstenes, que es el orador clásico por excelencia, se le reían porque era tartamudo. Muchos vascos que hicieron fortunas como terratenientes en la Pampa argentina empezaron vendiendo leche con una vaca por la calle… Cierta vez me dijo un amigo: “Si quieres jugar en Boca, empezá en Chacarita, pues si te inicias en Boca, es probable que termines jugando en Chacarita” (salvo las excepciones de los cracks). Los grandes estadios de la República argentina (Boca, River, Independiente, Vélez, etc.) se construyeron en la época de los modestos dirigentes de barrio, pequeños comerciantes, gente de centros vecinales, verduleros, dueños de bares.

Luego del Mundial-58, cuando arribaron los pomposos dirigentes empresarios (como Armando, Zaccol, etc.), saquearon las finanzas de esos clubes o los fundieron. Dos factores confluyeron en el ánimo de Georges Baxter, hijo de un impresor inglés, para crear las célebres tarjetas de Navidad (Christmas): el hecho de poder independizarse de su familia y aportar un mensaje renovado y cálido de líricas ansias a la fría sociedad victoriana. Un estudio sobre 85 millonarios efectuado en los años setenta reveló que ninguno de ellos había aspirado a hacerse rico; todos estaban motivados por sueños, por encima del afán de lucro. Y el que no tiene sueños se caga.

Maradona quería estudiar para sacar a su familia del marasmo económico. Jugaba sólo para divertirse, sin pensar en el dinero. Fue uno de los jugadores del S.XX que más cobró por hacer publicidad en televisión, al margen de lo que ganaba en los campos. Todo, todo viene del juego: la riqueza de la inmensa vocación, hasta el jugarse del que “está jugado”[2].

Es que nosotros, los argentinos, a parte de la soberbia y la vanidad, SOMOS AGRANDADOS. Somos místicos, míticos y eternos. Gardel es eterno; dicen de él que cada día canta mejor. Los cafés más renombrados se llaman Los Inmortales y Café de los Angelitos. “Y sean eternos los laureles que supimos conseguir”, reza un fragmento del himno. Casi todos los presidentes han hablado de la Argentina que “merecemos” (una patada en el culo merecemos).

Los milicos hablan de la “gloria”, de nuestro “futuro de gloria” (que nunca llega, porque al llegar ya deja de ser futuro: es presente); “Nuestro pasado glorioso”, se recita cuando asumen como presidentes; “¡Oh, juremos con gloria a morir!”, es el colofón de nuestro himno nacional; “¡La música de nuestro himno es la más bonita del mundo!”, se vanaglorian a menudo los paisanos, pero lo curioso es que el autor era catalán, Blas Parera... ¡Siempre la fachada…! Siendo presidente Sarmiento, ya escuchábamos óperas italianas en el Colón, teníamos el lujoso café de París… y había pozos en algunas calles que podían sepultar un dinosaurio. La gloria no existe, es un término bíblico. La verdad es la de los que viven de las rentas del pasado, que serán su futuro y el de sus nietos.

En 1930, el diario Crítica llegó a ser con sus 350.000 ejemplares el periódico de más tirada en lengua española. Según estudiosos, en Argentina por primera vez se utilizó publicidad en transmisiones deportivas. Pero no nos dimos cuenta que se nos atrasó el reloj… Vamos para atrás como el cangrejo. Miren si no: en 1958, cuando fui a estudiar a Córdoba, había en esa ciudad tres periódicos, La Voz del Interior, Los Principios y el Córdoba; ahora quedó sólo el primero de los nombrados. Y encima el vino Toro viene en cartón. ¡Ojalá tuviéramos el futuro del pasado! El humorista Rep (Miguel Repiso) dice que el mayor desafío para los argentinos del siglo próximo es darnos cuenta de que nos pasamos por alto éste que se fue.

El año 58 marcó la defunción del fútbol argentino, que fue hasta esa fecha el más bonito del orbe. Y nunca nos resignamos a tal evidencia. Así, escuchamos a argentinos que dicen: “Brasil será cinco veces campeón del mundo, como visitante y todo lo que quieran, pero fue el argentino Antonio Sastre quien les enseñó a jugar al fútbol”. ¡¡SIEMPRE AGRANDADOS!!

Cuando la “Belle Epoque”, los aristócratas argentinos que tiraban manteca al techo en París viajaban con una vaca en el barco. Y Gardel era francés, ¿viste?

Borges no ganó un Nobel. “No sólo que lo merece: es mejor que un Nobel”.

El centro de Córdoba ostenta una telaraña de unas cincuenta paquetas[3] galerías comerciales, con ofertas de lujo, que en línea recta suman aproximadamente unas 70 cuadras de extensión. Como no se vende nada, sus vidrieras sólo sirven para que se miren las mujeres y comprueben si están bien arregladas, indicio de que se las prepara para vivir de cara a la galería y no a la realidad. Los espejos de estas covachuelas de lujo con luces atenuadas, igual que las ventanillas de los ómnibus, devuelven una imagen más joven que los colocados en ambientes de luces blancas en baños y oficinas, que ésos no se apiadan de los estragos de la edad. Los días que están a tope de gente son los de lluvia. ¡No hace falta el efecto de El Niño!, pues en Córdoba caen tres gotas y se inunda a rebosar todo el centro, produciéndose verdaderas riadas donde nadan hasta soretes padres. Éstas no se producen siempre por las crecidas fluviales, sino porque el país se hunde.

Ningún país tuvo un Chueco Fangio, cinco veces campeón del mundo de automovilismo. Pero resulta que estadísticamente por cada millón de vehículos que transitan, la Argentina va al frente con un millón y pico de muertos, seguida por Italia con trescientos mil y tantos, y luego Estados Unidos, España, Holanda, etc.

A los británicos les daremos un “paseo” (guerra de las Malvinas). Los especialistas locales afirmaban que los ingleses necesitarían cinco hombres contra cada argentino. Y nuestros soldados no tenían ni indumentaria bélica y se morían de frío y hambre, pues sus compatriotas que administraban las ayudas del pueblo les robaron hasta los chocolates. No se rían, ¡hasta dientes se han choreado! ¡Y nada menos que los dientes del general Belgrano!, que fue el más generoso y altruista de nuestros prohombres. Murió en la más absoluta soledad. Un solo periódico mencionó con mezquindad su desaparición. Pasados muchos años, los ministros Joaquín V. González y el coronel Ricchieri robaron los dientes del cadáver del creador de nuestra bandera, aprovechando la exhumación de sus restos. Debido al escándalo,  tuvieron que devolverlos.

“No se puede caminar por los pasillos del Banco Central porque están cubiertos de cajas de oro”, dijo Perón en el inicio de su primer gobierno. A finales de los años ochenta, la falsificación de dinero desde dentro mismo de la Casa de la Moneda no tuvo precedentes en el mundo.

Perón también comentó antes de ser derrocado, unos meses antes, cuando el ataque a la plaza de Mayo: “A la marina la corremos con los bomberos. Por cada uno de los nuestros caerán cinco de ellos”. A la violencia hemos de contestarla con una violencia mayor”. Y qué contradicción: al ser depuesto, según su propia expresión “se fue para evitar un derramamiento de sangre entre hermanos”.

Cuando la guerra de la Triple Alianza, el general Mitre dijo: “En tres días, en los cuarteles; en tres semanas, en el campo de batalla; y en tres meses, en Asunción”. ¡Cinco años les costó la guerra! Y nadie veía con buenos ojos que tres potencias (Brasil, Uruguay y nosotros, que sumaban un total de 12.000.000 de habitantes) aplastaran sin piedad a un pueblo heroico y chiquito. Y no hablemos si en vez de yerba mate los paraguayos hubiesen sido ricos en petróleo, o en oro como California. Es broma lo de la yerba: en 1859 Paraguay contaba con un ferrocarril que era el primero en Sudamérica. En su escaso territorio tenía importantes fábricas de jabón y papel, astilleros, marina mercante propia con once vapores, y semialtos hornos procedentes de Prusia, y a diferencia de Buenos Aires no importaba productos alimenticios ni tenía deuda externa. Este “milagro” latinoamericano no cayó bien a sus vecinos. Menos mal que Perón, más tarde andando en la historia, en un acto que le honró históricamente, le devolvió al presidente paraguayo Alfredo Stroesner los trofeos obtenidos por Argentina. La desgracia es que Perón no supo más tarde poner freno a otra tenebrosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), creada por su secretario faldero-ladero-consejero López Rega. La Triple A sembró nuestro suelo con cadáveres de compatriotas. Lo que hicimos con los paraguayos, más tarde lo pagamos con los ingleses en la guerra de las Malvinas. Y alguna que otra escaramuza limítrofe con Chile. La acción de combate más eficaz no la realizaron en nuestro país las Fuerzas Armadas, sino los lanzallamas del Ministerio de Agricultura y Ganadería para neutralizar las devastadoras plagas de langostas, que en forma de siniestras invasiones a la manera de Los Pájaros de Hitchcok arrasaron los campos de Río Cuarto cuando éramos niños.

Poseemos la avenida más ancha del mundo, la 9 de Julio, y la más larga, la Rivadavia. Nuestros bancos tienen arquitectura de estilo anglosajón. La avenida de Mayo tiene aires de Oxford Street; el parque de Palermo algo del bois de Boulogne.

Y para terminar con los alardes de los argentinos, el avión que transporta a la selección al Mundial de Rusia. Les dejo estas tres fotografías... Una imagen vale más que mil palabras.











[1] Para los cuellos de las camisas
[2] Entregado al destino.
[3]Coquetas.

viernes, 1 de junio de 2018

BEBA, BEBITA LUNA


BEBA, BEBITA LUNA





¿Cómo no quererte con ese nombre: Beba, Bebita Luna...?

Viniste al mundo luego del terremoto de San Juan, en un pote de dulce de membrillo, cuando recién se reacomodaban las placas tectónicas.

Fue en la época de cuando Antonio Tormo entonaba eso de que... “amar es llevar herido con un dardo celeste el corazón o tocar los dinteles de la gloria”, o algo así... Y la vida era la siesta con pastelitos de dulce y queso; y las cosas eran inseparables (papá y mamá, el Dúo de Arbos Narváez, Los Pérez-Garcia...).

En las esquinas se escondía el rincón de un silbido... con los acordes del Negro Villa y el primer amor, era quizás un mal poema, pero sincero al menos... y te imagino, amiga Beba, Bebita Luna barriendo el patio de tierra de las casas con pollerita suelta.

Te presiento en aquellas nochecitas de San Juan y tus pestañas mojandose con los silencios de las lunas del Valle de Ischigualasto.     

Y tu Polenta sensual y suculenta, como para saborear la vida... es un orgasmo estomacal que sueles hacer para que disfrutemos tus amigos.

La valentía es el lugar donde habitas, Beba. Sea en San Juan, Buenos Aires o Barcelona.

Niñita que inventas familias para los solitarios y llevas acuarelas para pintar los grises de los enfermos sentimentales, sin pedir nada a cambio. Eres la amistad que todos agradecemos tener.   

Y ahora a tus años, quizás frotando el mate, cual lámpara de Aladino, vino un monigote negrito que cuando te dice abuela tu sonrisa se hace musiquita para que la bailes en las peñas.

martes, 29 de mayo de 2018

HABLANDO DE MISERIAS MORALES...

HABLANDO DE MISERIAS MORALES...


Una vez más, me permito publicar en mi blog un artículo referido al fútbol de la mano de mi dilecto amigo Daniel Gentile, que publicó el pasado 17 de mayo en la revista Alfil, para hacer referencia a las miserias morales y la paranoia globalizada que trae aparejado realizar una farsa de esta índole, cada cuatro años.

A continuación les copio el genial escrito: 

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¿Falta mucho para que termine el Mundial?

Tampoco es imposible, si Dios se apiada de los que nos sentimos víctimas de esta paranoia, que todo sea breve y se apague en un instante. Para ello es imprescindible que nuestra Selección sea eliminada con cierta premura.

Por Daniel Gentile

Me aseguran algunos que no, que todavía no ha empezado, pero desde hace unas cuantas semanas siento, casi como una opresión en el pecho, el rumor creciente de muchedumbres que se acercan como si formaran un ejército de energúmenos, henchidos de fervor patriótico. El aire está enrarecido, espeso, pesado, pegajoso. La gente, ganada por la crispación, simula estar gravemente preocupada por la escalada del dólar, los precios de las tarifas, los servicios públicos, las reservas del Banco Central, la posibilidad cierta de un derrumbe de la economía. Pero no, íntimamente, aunque no lo sepan, están inquietos, nerviosos, alterados, discutiendo acaloradamente por otra razón: Es el Mundial. Que formalmente dura un mes, pero en realidad es un flagelo mucho más prolongado.
Se siente en el aire una pregunta que nadie quiere verbalizar: ¿Qué pasaría si Messi sufre una lesión que le impida llegar al torneo? No se pone en palabras esa eventualidad que muchos temen, porque a los grandes males, a las hecatombes, no hay que llamarlas. Si eso ocurriera -¡Dios no lo permita!- nuestra existencia carecería ya de sentido.
El Mundial son cuatro semanas que podrán justificar muchas vidas si la Selección argentina trae la copa, y si no la trae les permitirá a esos mismos individuos destrozar con saña al entrenador y a los jugadores con los que, en caso de victoria, hubieran estado dispuestos a mantener relaciones íntimas infinitas.
Debe haber, aunque no lo he encontrado, algún artículo en la Constitución Nacional o en el nuevo Código Civil y Comercial, que establece que todo argentino bien nacido tiene el deber de ser un ferviente hincha del equipo que representa a la AFA.
También seguramente existe alguna ley, quizás no escrita, que me obliga a saludar sonriente a mi vecina, esa que no me cae nada bien, si la providencia nos bendice con una victoria. O estrecharme en un interminable abrazo con el que vive al frente, al que normalmente ni siquiera saludo. Porque la Selección, como sabemos, en el Mundial nos unifica. Porque juntos somos más, porque todos unidos triunfaremos, y podremos al fin sacar a nuestra patria del desconcierto y del fracaso, a condición de que los jugadores que vistan nuestra camiseta derroten a los enemigos. Los políticos, incluso los de tendencia capitalista-liberal, se vuelven, cada cuatro años, increíblemente socialistas y colectivistas, y nos arengan, desde la pantalla, desde la radio o el diario, con consignas publicitarias que nos enseñan que la clave del éxito está en unirnos, en juntarnos, en ser solidarios, porque todo eso es posible cuando respiramos bajo el común denominador del sueño de ganar el Mundial.
Lo mismo hacen en sus anuncios las empresas, sobre todo las multinacionales, para estimularnos a comprar sus productos, porque cualquier cosa es buena, incluso consumir más, para que triunfe la Selección.
Los militares de la dictadura tuvieron dos Mundiales. Uno, inolvidable, en casa. El Mundial que no se podía no ganar y que nos permitiría demostrar que los argentinos somos derechos y humanos. Se alcanzó la meta con la inestimable colaboración, nunca suficientemente valorada, de nuestros hermanos peruanos. El Mundial que le permitió al general Videla recibir la conmovedora ovación que ahora nadie quiere recordar, en el mismo momento en que Daniel Passarella elevaba la Copa al cielo.
El siguiente, el del 82, tuvo la mala fortuna de coincidir con la guerra más delirante de la historia, y así los argentinos vivieron en simultáneo dos mundiales. La derrota bélica, previsiblemente onerosa en vidas humanas, disimuló el fracaso en el fútbol. Pero así como en el 78 la ley obligaba a cantar “el que no salta es holandés”, en el 82, el código patriótico impuso, hasta que se conoció la rendición, el estribillo “el que no salta es un inglés”, entonado tan frívolamente como en la tribuna del estadio.
Y ahora, ya, casi en cuestión de minutos, luego de la ceremonia inaugural que a nadie le importa, vendrá la parte más dura, la etapa más sádica del tormento. Puede ser un mes de tortura, si nuestra Selección llega a la final. Y si la gana, el flagelo se extenderá quién sabe hasta cuándo.
Tampoco es imposible, si Dios se apiada de los que nos sentimos víctimas de esta paranoia, que todo sea breve y se apague en un instante. Para ello es imprescindible que nuestra Selección sea eliminada con cierta premura. Y si este milagro se produce en la etapa clasificatoria, es posible que hasta se pueda disfrutar tranquilamente de algunos partidos en el bar de la esquina, saboreando un café y alternando el televisor con un libro, de esos que le permiten a uno caerse del tiempo.
Difícilmente exista en el mundo alguien tan hedonista, tan placer-dependiente como yo. Conozco y entiendo los mecanismos de la pasión, desde los más suaves goces intelectuales, hasta los más intensos, los de la carne. A veces también disfruto tratando de desentrañar los enigmas que están más allá de nuestra pobre condición humana, como el tiempo y la muerte.
Pero nada me parece tan inaccesible, tan misterioso, tan imposible de descifrar, como los engranajes que mueven a tantas personas a entregarse a los orgasmos más estremecedores de sus vidas frente a un televisor, mirando sobre un fondo verde los desplazamientos de unos individuos a los que Fernando Savater, con precisión de relojero, definió como “unos pobres millonarios en calzoncillos”. 

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